10.9.08

retroalimentación

retroalimentación
Dicen que el peor momento en una cárcel es cuando oyes el sonido de la reja al cerrarse por primera vez y tú te quedas al otro lado de los barrotes. No es cierto. Al menos no fue así para mí. Ni siquiera fue la primera noche que pasé allí dentro. Con el temor que me producía la oscuridad desconocida, poblada de sonidos de gente que no quería conocer, y que no obstante, llegaría a conocer tan bien. Pasé mi primer mes en shock. Como un autómata. Comía cuando había que comer. Me bañaba cuando había que hacerlo. Dormía poco o nada. Pero no sentía tampoco. Ni pensarlo. Estaba pero no estaba. Ido. Que es el mejor modo de estar en la cárcel. Hasta que un día desperté de mi ensueño de princesita encantada, sólo que no desperté con un beso, ni fue un príncipe el encargado de romper el hechizo.
Una cárcel es un sitio donde prima la rutina. Es bastante aburrido, a no ser que encuentres modos de ocupar la mente. Claro que yo no podía saber aún nada de esto. Lo iría aprendiendo con los días allí invertidos. Al principio mi actitud de lechuga sin aliñar debió de aburrir bastante a los nativos, más centrados en los nuevos juguetes. Pasada la novedad, al mes, volvieron a fijarse en mí y decidieron que ya estaba bien. Era suficiente tiempo de vacaciones mentales. El viaje de ida tocaba a su fin y era necesario un aterrizaje forzoso en la realidad. Y de qué modo. Lo que no podían imaginar era cómo iba yo a reaccionar, y cómo mi actitud cambiaría para siempre el curso de sus penitenciarias existencias. Yo aún tampoco lo sabía. Ni lo sospechaba siquiera.
Yo me hice escritor en la cárcel. Siempre lo digo. Pero no en ésta de muros de cemento y hormigón. En las profundidades escondidas de mi cabeza. Ensimismado solían llamarme. Me quedaba allí atrapado, dentro de mí por horas enteras. Era la forma de aislarme, protegerme dentro de un castillo de los otros, los que nunca llegaban a sortear mis altos muros. Por más cuerdas, y puentes que tendieran. Todo eso lo sé ahora. No entonces. Y fue en la cárcel, en la verdadera, donde lo descubrí. Obligado a vivir una vida que no era, para pagar mi penitencia por errores anteriores, empecé a entretenerme traduciendo unas voces que se desarrollaban independientes. Parásitos. Me necesitaban como anfitrión, pero les era indiferente. Mi cuerpo cumplía los horarios establecidos del penal, pero mi mente vivía de acuerdo a los caprichos de mis invitados. No aceptaba visitas. Era demasiado doloroso que me hablaran de un mundo que no me pertenecía. Al que yo no le importaba. Prefería perderme en el mío propio. Claro que, como digo, esto sólo duró un mes, más o menos. Porque enseguida causé curiosidad, lo peor que puede ocurrirte en un lugar así.
Lo mandaron a él a despertarme. Digamos que era un aprendiz. Yo formaba parte de sus prácticas, para ganar puntos con los jefezuelos de la banda. Tenía que probar que era un tipo duro. Yo debía resultar una pieza fácil, rara, pero inofensiva. Solamente tenía que darme un susto. Una herida leve, que no me matara, pero que me hiciera recapacitar sobre mi situación. Vino a mí en el patio, ese lugar de reunión social de los presos, donde tantas alianzas se han firmado. Yo estaba de espaldas. Al chico no debió de parecerle noble del todo un ataque por detrás ( se ve que lo aprendido en las películas del oeste había servido para algo) y me tocó en el hombro para que me diera la vuelta. Algo de mi expresión hizo que titubeara, pero aún así tenía una misión que cumplir, y no estaba en posesión de segundas oportunidades. El cepillo de dientes afilado con paciencia contra los barrotes que sólo había de herirme levemente, quizá en el estómago, o en un costado, resbaló por la falta de pericia del aprendiz hasta mi corazón.
Se oyó un grito, pero no fue mío. El susto mayor se lo llevó él, el joven enfermero encargado de ponerme una jeringuilla de adrenalina en plena masa ventricular. Llevaba al borde del coma unos minutos. Esta vez me había pasado de la raya.

2 comentarios:

Andy Dufresne dijo...

Hum...Ataraxia. Buen relato

dulce dijo...

uf... minicuento. Lo que me encantó fué darme cuenta de que algunos somos presos de nuestro propio cuerpo y hemos de mantener la mente ocupada en otros mundos.
Besos y abrazos.

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Gracias Pero No Gracias por Ornelia Cabrera se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.